06 febrero 2018

Mes de escritura: Día 19: Muerte


Muerte

No dejaba de pensar en ella. En lo bonita que era, en cuánto la necesitaba. Pero su terapeuta le había dicho que tratara de alejar esos pensamientos. El proceso era el siguiente: pensamiento, emoción, conducta. Primero pensaba en ella, luego la deseaba, y luego actuaba. Si acababa con los pensamientos, dejaría de autolesionarse. Esa era la clave. Dejar de pensar en ella. En cuanto deseaba estar entre sus brazos y dormir para siempre. 
No pienses en la muerte -se dijo.
Y siguió caminando por ese puente de cuerdas, sin mirar abajo.

05 febrero 2018

Mes de escritura: Día 18: Pañuelo


Pañuelo

Esa noche Fred caminaba por la calle detrás de una joven y atractiva muchacha pelirroja, siguiendo cada uno de sus pasos, pero haciendo como que iba a su rollo. Ella no debía enterarse de que la perseguía, no debía sentirse intimidada. Ese era el modo de hacerlo, era la forma de conseguir la situación perfecta. No podías mostrarte peligroso, cuanto más inocente parecieras, más libertad de movimiento tenías. Lo sabía desde siempre. Y siempre le había funcionado.
La chica tenía un cuerpo esbelto, aunque de pequeñas dimensiones. Era, a modo de ver de Fred, una pequeña diosa. Ese color de pelo, esas piernas y ese culo le parecían sacados del mismísimo paraíso. No podía dejarla escapar. Alguna vez había dejado escapar a otras y se había arrepentido más adelante. Esta vez, con la calle completamente vacía a excepción de ellos dos, no podía fallar. Fred la siguió manteniendo las distancias, mirando su móvil de vez en cuando, haciéndose el distraído.
Ella dio vuelta a la esquina al final de la calle, internándose en una calle más pequeña aún. En esa oscura noche, la suerte se había puesto de su lado: el tendido eléctrico no funcionaba y la calle se convertía en una perfecta boca del lobo. Fred empezó a sacar el bote de cloroformo del bolsillo de su abrigo mientras sacaba el pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón. Al mismo tiempo, aceleró un poco el paso. La chica parecía seguir a su ritmo, sin darse cuenta de que él le perseguía. Bueno, seguro que se había dado cuenta, pero ya no había marcha atrás.
Fred empezó a dar pasos más largos y rápidos cuando el pañuelo en su mano estuvo ya empapado y desprendía un dulce olor, el olor del sueño. En cuanto estuvo a un metro de la joven, alargó el brazo hacia la cara de ella para taparle la boca y la nariz con el pañuelo y hacerla caer en la oscuridad del sueño. Sin embargo, el pañuelo nunca llegó a tocarla.
La joven pelirroja había estado atenta en todo momento a los movimientos de su perseguidor. Conocía a esa clase de hombres. En cuanto notó el brazo de Fred cerca de su cabeza alargó el cuchillo que llevaba siempre escondido en el bolso mientras sujetaba con fuerza a Fred por la muñeca. Clavó el cuchillo en el antebrazo del hombre, atravesándolo de abajo arriba. Fred soltó el pañuelo y un alarido de dolor al ver cómo la hoja del cuchillo emergía de su brazo, quedándose clavado. La sangre ya estaba empezando a manar con velocidad. Aturdido por el dolor, Fred se sacó el cuchillo y lo dejó caer al suelo mientras caía de rodillas tratando de taparse la herida con la otra mano. No escuchaba, no veía, nada importaba más en ese momento que el dolor que sentía en el brazo.
Entonces, la muchacha cogió el pañuelo del suelo y se lo puso a Fred en la boca y la nariz.
-Dulce sueños -dijo mientras él caía en un profundo sueño.

04 febrero 2018

Mes de escritura: Día 17: Dientes


Dientes

Hace unos días tuve una pesadilla horrible. Me desperté sobresaltado y empapado en sudor. En el sueño, me engañaba a mí mismo y comía dos lonchas de jamón york. Decía que no pasaba nada, que ese acto no atentaba contra mis ideales vegetarianos. Que, de alguna manera, no estaba comiendo un trozo de animal, sólo un par de lonchas de jamón. Mi cerebro pensaba en ese momento que estaba bien, que todo era lógico y normal, adecuado para mi modo de pensar.
Pero poco después, en el mismo sueño, recuerdo un momento de angustia que me produjo verdadero pavor. Una culpa enorme se cernía sobre mí al darme cuenta de lo que había hecho. Había comido los pedazos del cadáver de un cerdo, de un animal inocente que no había merecido la muerte, sino que la había recibido por el capricho de la raza humana. Yo había participado de esa terrible muerte y mi mente, en el sueño, se moría de arrepentimiento.
Y, entonces, la culpa se convirtió en castigo. Empecé a sentir en el sueño que me faltaban algunos dientes. Era una sensación de lo más realista, como si estuviera completamente despierto y notara el hueco en las encías mientras pasaba la lengua por los pocos dientes que me quedaban. Estaba aterrorizado. Ciertamente pensaba que había perdido los dientes, era el castigo justo por haberme alimentado de la muerte de un animal. Mi cerebro me estaba castigando.
Desperté con un miedo atroz en el cuerpo. Tenía la boca seca y pasé apresuradamente la lengua por mis dientes, creyendo que algunos verdaderamente faltaban. Un sudor frío me recorría todo el cuerpo. Tardé unos segundos en darme cuenta de que había sido todo un sueño, de que no había perdido los dientes, de que no había comido jamón. Pero qué susto. Esa noche ya no conseguí conciliar el sueño. Pero tenía mis dientes, cada uno en su sitio, y era lo único que importaba.

03 febrero 2018

Mes de escritura: Día 16: Vida


Vida

Francisco estaba embarazado por tercera vez. Iba con miedo, de la mano de su pareja, a hacerse una ecografía. Verían a su tercer bebé. Tal vez el primero que naciera. Tras dos abortos, Francisco estaba más nervioso de lo normal. ¿Y si este tercer bebé tampoco quería nacer? ¿Qué estaba haciendo mal?
Se sentó y la enfermera le miró con mala cara. No era habitual para ella hacer ecografías a hombres transexuales embarazados. Bueno, idiotas transfobos hay en todas partes, hasta en los hospitales. Francisco hizo como si nada y se dejó manipular por la enfermera, que le puso el gel frío sobre la abultada tripa y a continuación pasó el escáner por ella. Mirando la pantalla, Francisco y su pareja mostraban su entusiasmo y emoción. El médico comprobó que todo iba bien, el bebé estaba en perfectas condiciones. Dos semanas, dijo, tres a lo sumo. La gestación estaba ya muy desarrollada.
Francisco, encantado, acogió esas palabras con una sonrisa. Aunque, después de dos intentos fallidos, tenía miedo y no quería hacerse ilusiones, parecía que ya había pasado lo peor y no podía evitar emocionarse. Por fin. Después de mucho tiempo, mucho esfuerzo y tantas dificultades, parecía que iba a tener un bebé. Iba, por fin, a ser capaz de crear vida.

02 febrero 2018

Mes de escritura: Día 15: Luz


Luz

Estaba oscuro. Tim trató de tantear el terreno con las manos a su alrededor, pero no se topó con nada. El suelo era irregular, duro. Se agachó y lo palpó con las manos. Era piedra, una piedra rugosa y fría, muy dura y sólida. Ayudándose con las manos para no perder el equilibrio, Tim anduvo hacia adelante en esa profunda oscuridad. No supo cuánto tiempo estuvo avanzando medio a gatas, pero cuando ya no podía más del agotamiento, se dejó caer sobre el duro suelo, boca arriba. La posición era incómoda, la piedra del suelo se le clavaba en la piel, pero no podía dar un paso más. Cerró los ojos. Cuando los abrió, le pareció ver un punto de luz, arriba del todo. Una pequeña abertura en el techo de esa extraña e inmensa cueva, quizá. O tal vez la entrada al mundo de los muertos. Inalcanzable.

01 febrero 2018

Mes de escritura: Día 14: Huevo


Huevo

Carmen, bióloga y animalista, trabajaba como investigadora para Comisión de Supervivencia de Especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Su trabajo se centraba principalmente en la elaboración de recursos internacionales para la protección de animales en peligro, así como el análisis de la fauna internacional. Por eso, no fue extraño que llegara a sus manos ese gran huevo que estaba protegiendo. Era un huevo grande y pesado, oscuro y bastante duro. Se desconocía de qué ave podía ser. No se identificaba de qué animal era. Así que le encargaron a Carmen que lo incubara y cuidara.
El huevo estaba en la incubadora de la clínica veterinaria. De pronto, empezó a moverse, balanceándose un poco. Carmen, que estaba trabajando en esa misma sala por casualidad, se acercó a la incubadora para mirar cómo nacía el animal. Estaba emocionada, preguntándose qué animal sería. El huevo parecía del tamaño del de una avestruz, pero por el color no podía serlo. Carmen pensaba que se trataría de un emú, un animal de Australia cuyos huevos son de color verde y de un gran tamaño. Pero este no era verde, tiraba al azul oscuro o al negro.
Emocionada, Carmen vio cómo el huevo se empezaba a fracturar, mientras la pequeña criatura que había en el interior hacía esfuerzos para salir. No tardó en romper el huevo por completo. Y ahí estaba. Delante de las narices de Carmen. Una especie totalmente extinta.
Un dragón.

31 enero 2018

Mes de escritura: Día 13: Comida


Comida

Pongo sólo veía comida en ese bebé. Para él, el pequeño Timmy no era un bebé. No era el hijo recién nacido de Roger y Anita. Para Pongo, el bebé era comida, y por eso, aprovechando el momento en el que Roger y Anita se iban a cenar, dejando al bebé al cuidado de Nanny, decidió darse el gusto de probar ese manjar. Y, de paso, aprovechó para probar la vieja pero jugosa piel de Nanny. Menudo festín. El bebé era comida mucho más rica, sin duda, más dulce y tierna, pero con la niñera pudo comer hasta hartarse. Lo dejó todo perdido, con sangre y vísceras por todas partes. Después de esa comilona, Pongo se tumbó para echarse una buena siesta.
Cuando llegaron Roger y Anita, se enfadaron mucho con Pongo. Debía ser que la comida era para ellos.

30 enero 2018

Mes de escritura: Día 12: Escritorio


Escritorio

Lena se acercó a la pizarra y con el borrador se dispuso a borrar lo último que había escrito en esa tarde. Ya se había ido el último de los alumnos y la clase estaba vacía y triste. Así es como le parecía siempre la clase cuando no había niños dentro: vacía y triste. Vacía y triste, como estaba dejando la pizarra en ese momento, sin ningún dibujo, sin ninguna frase, sin ninguna palabra. Vacía y triste, como veía su vida desde que se fue Alberto. Ya habían pasado siete meses desde la ruptura. Siete meses en los que Lena no había sido capaz de pasar página. Siete meses en los que se había sentido vacía y triste.
Miró el escritorio principal, el del profesor, donde ella nunca se apoyaba, en el que jamás corregía, que siempre mantenía intacto, vacío y triste. Se trataba de una mesa grande, de color verde claro. Era lisa y suave y no tenía ninguna marca, no como ocurría con las mesas de los alumnos, donde ellos dejaban sus firmas, sus señas de identidad. No en la mesa del profesor. Era una mesa seria, un escritorio al que Lena no daba uso. En el que no escribía. Un escritorio que no cumplía su función. Como Lena con su vida, pensaba ella.
Cogió su bolso del suelo, situado al lado de la silla del profesor, y salió de la clase después de echar una última y triste mirada al interior. Se iba de ese colegio para siempre. Se iba de esa ciudad. Finalmente, volvía a Alemania, vacía y triste.

29 enero 2018

Mes de escritura: Día 11: Ceniza


Ceniza

Laura cogió la única foto que tenía impresa en la que salía con Pablo. Ambos salían sonrientes, abrazados, mirando al objetivo. La habían hecho en uno de los viajes que hicieron a los Pirineos, el verano pasado. Cuando todavía estaban juntos. Cuando aún se querían. Pero ya no. Ahora Laura odiaba a Pablo con todo su ser. ¿Cómo había sido capaz de pasar cuatro años de su vida con él? ¿Cómo había sido tan inocente y estúpida?
Cuando se enteró de que Pablo no sólo le estaba poniendo los cuernos con una rubia diez años menor que él, sino que había estado saltando de mujer en mujer sin que Laura se enterase, y que lo había hecho desde que empezaron su relación, se prometió a sí misma que nunca más le querría. Ella cortó con él, hecha una furia, y le abandonó para siempre. 
Dos meses después, Laura decidió deshacerse de todo lo que podía recordarle al cabrón de Pablo. Al hijoputa de Pablo. Así que, después de haber tirado todos los recuerdos que tenía de él (las postales, las cartas, las entradas de cine que ella siempre guardaba, los detalles que él le había regalado a ella en su cumpleaños durante los últimos cuatro años), era el turno de acabar con la única foto que tenía con él. Las que guardaba en una carpeta del ordenador ya habían sido borradas, así como había acabado con su perfil en las redes sociales. Ya sólo quedaba una foto.
Acercó el mechero a una esquina de la foto encima del lavabo de su cuarto de baño y lo encendió. La llama se extendió con velocidad por toda la foto, hasta que Laura la dejó caer para no quemarse. Y ahí, en el fregadero de su cuarto de baño, vio cómo las figuras de ella misma y de Pablo, el hombre al que había amado durante cuatro años, se convirtieron en ceniza.

28 enero 2018

Mes de escritura: Día 10: Flores


Flores

«Feliz cumpleaños», indicaba la tarjeta que acompañaba a las flores que acababa de recibir María. Nada más. Ni una firma, ni un nombre, ni siquiera la inicial de un nombre. El texto, además, estaba impreso. Podía haber sido cualquiera quien las enviaba. ¿Quién podría haber sido? María no recibía flores por su cumpleaños. Ni siquiera le gustaba que la gente supiera cuándo era su cumpleaños, y apagaba el móvil para no recibir llamadas con deshonestas felicitaciones de sus compañeros de trabajo o de familiares lejanos.
Pero ahí estaba ella, con un enorme ramo de rosas. Rosas azules, además. De locos.
María no tenía pareja, amantes, ni nada parecido. Por tener, no tenía ni amigos. Ni amigas. María era un ser solitario y estaba encantada con su soledad. No soportaba a la gente. ¿Quién demonios le había mandado unas flores en su cumpleaños? No podía ser nadie de su trabajo, se dijo a sí misma. Ella trabajaba como programadora informática en una empresa de seguridad en Internet y básicamente lo hacía todo desde casa. Iba a la oficina una o dos veces a la semana y las reuniones que tenía eran sólo con Jose, su jefe, y Marcos, su compañero. Ninguno de los dos eran personas que mandaran flores. Y la relación con ellos, a pesar de ser formal, era fría y distante. Porque así era María. 
Ningún familiar podía tampoco haberle mandado las flores, porque nadie sabía dónde vivía. De hecho, no había llevado nunca a nadie a su casa, y nunca había dado su dirección a nadie, excepto al comprar por Internet.
No era posible, pero era cierto: alguien le había mandado un jodido ramo de rosas azules, sus favoritas, por su cumpleaños.
María se acostó esa noche a las once y media, extrañada y sin dejar de dar vueltas en su cabeza preguntándose quién podría haberle mandado esas flores, que había puesto en un jarrón cerca de su cama. A las tres y media de la mañana, se levantó sonámbula y se sentó frente a su ordenador, que no había usado en todo el día. Al sacar el ordenador del estado de suspensión, apareció en la pantalla la web de una empresa de envío de flores a domicilio. Cerró la pestaña, suspendió el ordenador y se volvió a la cama.

27 enero 2018

Mes de escritura: Día 9: Mascota


Mascota

A Tim no le gustaba la idea de tener una mascota, pero suponía que era parte del trato y no iba a abandonarlo todo solamente por tener que vivir con un animal de compañía. Además, Victoria no había especificado qué mascota tendrían, así que tal vez Tim podría elegir. Y, desde luego, no elegiría un perro. Porque Tim tenía muchísimo miedo de los perros. Aunque también era cierto que los gatos, especialmente los negros, le daban mala espina. Era un poco supersticioso.Tenía que pensar en una mascota que no diera demasiado trabajo y, sobre todo, que no oliera mal. Quizá una piedra. Una piedra podía ser la mascota que mejor les viniera. Con una piedra como mascota, Tim estaría cumpliendo su trato y podría casarse, por fin, con su amada Victoria. Y formarían, después de tanto tiempo, una familia. Una familia feliz, los tres: Tim, Victoria y la piedra.

26 enero 2018

Mes de escritura: Día 8: Fuego


Fuego

Túreie miró por la ventana. A lo lejos, en el Nuevo Bosque, el fuego lo estaba arrasando todo. Ella podía estar tranquila, las viviendas de los elfos estaban protegidas del fuego mediante diversos hechizos. Sin embargo, no podía evitar sentir un gran dolor por la pérdida de todos esos árboles y de todos esos animales que estaban siendo masacrados por las llamas. Debía convocar al Cónclave al amanecer. Aún no había salido el sol, las estrellas iluminaban el cielo con las Dos Lunas. Parecía que ellas también lloraban por ese horrible incendio.
¿Quién lo habría provocado? Porque tenía que ser un incendio provocado. O un accidente. Pero no era algo natural. No había habido tormentas eléctricas desde hacía dos siembras. Tendrían que encontrar al culpable.
La dama elfa se dirigió de nuevo al interior de su habitación y llamó a su compañera de confianza.
-Helda, despierta a los nénion, necesitamos acabar con este incendio.
-Sí, mi señora -respondió la joven, antes de salir danzando hacia el Árbol del Agua.
Volviéndose hacia la ventana de nuevo, Túreie susurró hacia los cielos:
-Karenén nuhtanár aira.
Ojalá los dioses escucharan su ruego. Ojalá el agua acabara con ese fuego rojo.
Túreie decidió que no podía quedarse ahí sin hacer nada. Era la dama de los elfos, le habían dado el mando y ella tenía la responsabilidad y el deber de proteger esos bosques. Se enfundó en su manto de natse y bajó hasta el suelo por el gran tronco de su árbol.
-Kanwa! -gritó, para llamar la atención a todos los elfos del reino-. Las llamas están arrasando el Nuevo Bosque. Tenemos que acabar con ese incendio enseguida. Ayudemos todos a los nénion a trasladar el agua hasta las lenguas de fuego. Larka, linta!
Todos los elfos del reino se unieron a la dama Túreie y a los elfos del agua para acabar con ese incendio que unos seres llamados hombres habían provocado en el Nuevo Bosque.

25 enero 2018

Mes de escritura: Día 7: Ciudad


Ciudad

Rob salió del estado de suspensión a las ocho en punto de la mañana. Se desenchufó y miró a su alrededor para hacer un escaneo de la situación. Todo parecía en orden. Una mañana normal. Los niveles de batería estaban a tope, el sensor de iluminación le indicaba que iba a ser un día nublado. Hizo una revisión rápida de los sitios web de noticias que tenía guardados revisando las palabras clave asignadas. No había ninguna novedad en base a la que tuviera que cambiar su rutina de trabajo. Hecho esto, salió a la ciudad.
La ciudad no era como las de ahora. En el pasado, las ciudades eran diferentes. En la época de Rob, Madrid tenía incontables rascacielos y la gente y los robots usaban los mismos medios para transportarse. Unas cabinas que llamaban coches, ya antiguas, habían quedado relegadas a la gente de poco nivel económico. La clase media viajaba en los hyperloops, un entramado de cápsulas que viajaban a toda velocidad en túneles de acero bajo tierra. Antiguamente eso se había conocido como metro o tren. Quedan algunas fotos de esas cosas. En la época de Rob los trenes no tenían ya ruedas. Eran mucho más rápidos los hyperloops de aire comprimido por el vacío. Los más adinerados volaban sobre la ciudad en aerocabs.
El Madrid de entonces había usado lo que antes se llamaban carreteras para seguir construyendo edificios. Edificios de viviendas, edificios de oficinas, edificios de almacenes... Todo eran edificios. De todos los tamaños, aunque cuanto más grandes, mejor. Y siempre con materiales duros y fuertes, piedras y hierros, vidrios y aceros. Todo Madrid estaba plagado de edificios, excepto el parque del Retiro, donde dejaban un pequeño pulmón de vegetación donde los humanos disfrutaban.
A Rob le gustaba El Retiro, aunque no fuera un humano. Rob era un droide bastante rarito. Se le había cortocircuitado algo, seguro.
Madrid ahora ya no es como antes. Después de la devastación, los pocos ciudadanos que quedan, ya sólo humanos, viven sobre los escombros de la ciudad que habitó Rob. Madrid ahora es un bosque y en él se vive en casas formadas sobre los árboles, se viaja a pie o en canoa de madera por el viejo río, el Manzanares, que nunca dejó de fluir. Ahora la ciudad está viva y Madrid seguirá siendo siempre Madrid.

24 enero 2018

Mes de escritura: Día 6: Diario


Diario

El interior del bosque estaba completamente oscuro y con el pequeño candelabro Rick no era capaz de ver poco más que sus pies mientras sorteaba hojas, raíces y piedras. Sin embargo, algo en su interior, una especie de instinto, le decía que estaba siguiendo bien el camino. Anduvo durante unos veinte o veinticinco minutos sin detenerse, dando un rodeo un par de veces donde el camino entre los árboles era impracticable. Finalmente, ahí, a lo lejos, vio la pequeña casa de madera que estaba buscando.
Sin saber por qué, corrió hasta la puerta, y se detuvo frente a ella. La casa estaba casi en ruinas, la madera parecía podrida y desprendía un olor nauseabundo muy húmedo. La puerta, sin embargo, estaba firmemente cerrada. Con una fuerte patada pudo romper el picaporte y acceder a la casa.
El interior estaba oscuro, pero con el candelabro pudo ver mucho mejor que entre los árboles. Había una mesa llena de papeles y libros a la derecha, y en ella descubrió una vela. Rick aprovechó para encenderla con la llama del candelabro, y con dos puntos de luz el interior de la casa se mostró más cálido ante él.
Una pequeña cama, situada en una esquina, estaba llena de suciedad y excrementos de animales. Multitud de moscas y otros bichos parecían haberse adueñado de ella. Rick se separó, asustado, y se golpeó con la mesa, que estaba a su espalda. Tras deshacerse de una gran telaraña que había sobre ella, buscó entre los papeles y los libros, hasta que dio con una pequeña libreta de cuero negro. Lo hojeó para comprobar qué era.
Se trataba de un viejo diario, escrito con letra muy ornamentada. ¿De quién podría ser? ¿Serían ciertas las leyendas que se contaban de aquella pequeña casa de madera? Sin duda, parecía que alguien había estado viviendo ahí, aunque daba la impresión de que había pasado ya mucho tiempo de eso. ¿Sería verdad que vivía ahí una joven imposiblemente hermosa que se alimentaba del cuerpo de los viajeros que cruzaban el bosque después de seducirles? Rick, en realidad, no creía que alguien que escribiera un diario pudiera darse al canibalismo.
Salió de la casa con sigilo y anduvo el camino de vuelta, haciendo lo posible por no perderse. En cuanto llegó a su mansión, se sentó ante la chimenea del salón y, con mucho entusiasmo, comenzó a leer el viejo diario.

23 enero 2018

Mes de escritura: Día 5: Naranja


Naranja

El cielo, al anochecer, se puso naranja, y ya no volvió a cambiar de color. Nunca más fue azul, nunca más oscureció hasta el negro. Naranja. Para siempre. No podíamos estar más contentos.

22 enero 2018

Mes de escritura: Día 4: Reloj


Reloj

El anticuario era mi lugar favorito de todo el pueblo. Nunca sabía lo que me podía encontrar entre tantas cosas. A veces aparecían verdaderas reliquias entre muebles viejos, cacharros de todo tipo y cosas extrañas que no sé para qué podían servir. A veces aparecían tesoros a precio de ganga.
Ese fue el caso del reloj. Una joya de 1869, fabricada en Londres, de auténtico oro, y que seguía funcionando a la perfección. Ya sé que no está de moda hoy llevar reloj de bolsillo, pero a mí me apetecía convertirme en un lord del siglo XIX, con mi levita, mi chaleco, mi reloj de bolsillo... Quizás estaba demasiado influenciado por el romanticismo, pero me encantaba esa época y tenía que hacerme con ese reloj.
Guillermo era el anticuario. Tenía muchos conocimientos sobre muebles, pero seguro que por este reloj me haría un descuento, porque no le iban mucho los accesorios. Lo suyo eran más las mesas de mármol, las rinconeras de época, las sillas de salón.
-¿Cuánto por esto? -pregunté.
Dejó de mirar una estantería que tenía en la esquina para dirigirse a mí. Cogió el reloj y lo observó sin mucho interés.
-Mil ochocientos y pico, oro, estilo inglés. Te lo dejo en trescientos euros.
-¿Trescientos euros? Sabes que no vale ni ochenta -le dije.
Me miró con una sonrisa. Le gustaba este juego.
-Te lo dejo en doscientos.
-Te pago cien como mucho -dije yo.
-Ciento cincuenta y es tuyo. No voy a vendértelo por menos.
-Venga, ciento veinticinco y trato hecho -le dije yo.
-Ciento cincuenta -repitió él.
-Nadie te lo comprará a ese precio -dije, haciendo un ademán de darme la vuelta e irme de allí.
-Espera, amigo. Ciento treinta. ¿Te parece bien?
Le miré, pensando si era un precio justo. En realidad, sabía que no lo era, ese reloj costaba unos quinientos euros como poco. Acepté su propuesta.
-Está bien, ciento treinta.
Y así fue como me hice con este reloj. Luego, empecé a vestir así, con estas galas, y a vivir como a finales del siglo XIX. No tengo móvil, ni coche, ni siquiera luz eléctrica. Por fin, soy feliz.

21 enero 2018

Mes de escritura: Día 3: Vela


Vela

Lord Henry bajó del caballo delante de la puerta de la casa. La noche era cerrada, muy oscura, las nubes no dejaban pasar la luz de las estrellas ni de la luna, pero no llovía. El viento gélido hacía bailar el pelo negro y algo largo del caballero. Ató al caballo frente a la puerta y llamó con los nudillos, que se protegían del frío en unos negros guantes de cuero.
La puerta se abrió y un hombre joven apareció al otro lado, sosteniendo una vela en una mano, para mirar en la oscuridad.
-Lord Henry, sois vos. Pasad, os estaba esperando -dijo con aterciopelada voz.
La estancia estaba oscura, pero era cálida. Aunque a Lord Henry le hubiera gustado encontrarse con una chimenea, agradeció el calor que guardaban esas cuatro paredes. La única luz procedía de la vela que portaba el joven.
-Muchas gracias, Richard -dijo el caballero mientras se quitaba los guantes-. No sabes cuánto puedo agradecerte el favor que me estás haciendo.
-No tenéis que darme las gracias, milord. Os lo debo. Permitidme que os guarde el abrigo.
Cuando Lord Henry se hubo deshecho de sus ropas de invierno, se mantuvo de pie, mirando la llama de la única vela que iluminaba el interior de la pequeña casa, situada sobre la mesa central de madera.
-¿Queréis algo de comer? ¿O un vino, quizás? También tengo un whisky, si lo deseáis. Hace frío esta noche -ofreció el joven Richard.
-No hace falta, gracias. Me basta con protegerme esta noche, simplemente necesito dormir.
-De acuerdo, milord. Tenéis la cama preparada en esa habitación -dijo señalando la puerta que se encontraba a la izquierda-. Yo me quedaré aquí, por si necesitáis algo.
El lord se acercó al pequeño cuarto y divisó la estancia en la penumbra.
-¿Me permites la vela, Richard?
-Por supuesto, milord. Tomadla. 
Lord Henry entró con la vela en el cuarto y cerró la puerta, dejando a Richard sumido en la oscuridad. Se desvistió mientras contemplaba la vela que había dejado en el suelo. Había sido un día largo y cansado, pero el día siguiente parecía amenazar con ser peor. Necesitaba dormir para poder huir de ahí cuanto antes. Pronto se darían cuenta de que había sido él quien había matado a la joven Lady Nest. Madrugaría para desaparecer del condado al amanecer.
Se tumbó de costado sobre el camastro, mirando fijamente la vela hasta que el cansancio y sus preocupaciones le acabaron sumiendo en un profundo sueño.

20 enero 2018

Mes de escritura: Día 2: Pájaro


Pájaro

Pedro entró en la casa detrás de Amelia. La mujer, que era ya mayor, andaba despacio, y a Pedro le incomodaba esa lentitud. Atravesaron el gran salón y accedieron al patio interior de la casa. Se trataba de una maravilla visual propia de Andalucía, todo colmado de flores y enredaderas. Amelia se acercó a una mesita y cogió un libro grande y pesado. Aves exóticas y cómo cuidarlas, decía el título en grandes letras doradas. Pedro se fijó en que un bonito canario amarillo miraba la escena curioso desde una jaula situada en un lateral del patio. Se acercó al canario y lo contempló, admirando su belleza natural.
-¿Cómo se llama? -preguntó.
-Kati -respondió la anciana, acercándose-. Nunca canta.
Pedro se sintió triste por el pájaro. ¿Cómo podía ser que pasara su vida entre esos barrotes? Los pájaros debían vivir libres, surcar los cielos.
-No me gusta que esté en esta jaula -dijo.
-¿Dónde va a estar sino? Se escaparía.
-Quizá eso fuera lo mejor -dijo el joven.
-No sabes lo que dices. Ese pájaro lleva viviendo conmigo siete años, desde que murió mi Antonio.
-Siete años encerrado en una jaula. Es triste.
-Así es la vida, hijo -dijo la anciana-. Mira, este es el libro que te dejó Felipe. ¿Quieres tomar una Coca-Cola?
-No, gracias.
-Bueno, me voy al salón. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, muchacho, mi casa es tu casa.
-Muchas gracias, doña Amelia.
La anciana, mientras se iba al salón andando lentamente, se paró en seco para mirar a Pedro a la cara.
-Nada de doña, hijo. Llámame Amelia.
-Vale, Amelia. Me quedaré aquí, leyendo un rato.
Pedro se sentó en una silla que había situada al lado del canario y contempló cómo el pájaro, encerrado, simplemente vivía.


19 enero 2018

Mes de escritura: Día 1: Huella

No sé si seré capaz de cumplir con este reto que me propongo a mí mismo, pero voy a intentarlo. Se trata de escribir durante 30 días, cada día con una de las siguientes palabras como idea general:


Huella

-No tenemos ninguna pista -dijo la inspectora Swell mirando a su alrededor.
El bosque era inmenso y el olor a putrefacción del cadáver se disimulaba con el olor de la naturaleza. Estaban rodeados por varias hectáreas de árboles que crecían altos hacia el cielo, apenas dejando pasar unos pocos dorados rayos de sol que iluminaban el lugar del crimen. Sobre el suelo, el cuerpo inerte de la señorita Bay descansaba sin prestar atención mientras los gusanos y las moscas lo devoraban lentamente.
Olivia Bay había sido una muchacha introvertida, buena y de sonrisa triste que nunca había hecho daño a nadie. ¿Cómo podía haber acabado en esa situación?
-Inpectora, este corte parece haberse realizado con un arma blanca: un cuchillo o quizás una navaja -dijo el subinspector Richard Tan-. Podríamos empezar por ahí.
La inspectora Swell suspiró antes de responder.
-Richard, te lo he dicho siempre. Primero, fíjate en el entorno. Él nos dará las primeras pistas. El cadáver es lo último en lo que debemos fijarnos, después de habernos hecho una idea de la situación.
-Tiene razón, inspectora. Lo siento.
-Menos sentirlo y más observar. Pronto te tocará estar en mi lugar.
Richard miró a su alrededor. Había tantos árboles, tan cercanos unos de otros, que era muy difícil ver algo que no fuera bosque. El suelo estaba plagado de hojas, ramas y barro. De pronto, Richard pareció ver algo y se separó unos pasos de la escena del crimen. Allí, al lado de una rama gruesa, había una huella. Un zapato grande, probablemente una bota de montaña, talla 43 o 44.
-Inspectora -llamó-. Creo que he encontrado algo.
La inspectora Swell se acercó y contempló con curiosidad la huella, sin acercarse demasiado.
-Saca una foto y mándala al departamento de investigación. Ya tenemos algo con lo que empezar.
Richard Tan ya no estaba escuchando. Se había quedado absorto mirando la rama que estaba situada al lado de la huella. Sobre ella esperaba, como queriendo ocultarse, un pequeño trozo de tela que parecía ser de una camisa de cuadros. Y ese pedazo de tela estaba, curiosamente, manchado de sangre.
-Y... ¿con este trozo de tela ensangrentado no hacemos nada, inspectora? Porque creo que nos podría llevar al asesino.

18 enero 2018

Rodéate de gente creativa: Lara Morello -Tal Vez - A-Land Music

La creatividad es algo que se contagia, como la alegría o el aburrimiento (¿a quién no le da sueño ver a alguien bostezar?), por ello, es importante rodearse de gente creativa si quieres ser uno de ellos. Esto es algo que he intentado poner en práctica siempre, y creo que no lo he hecho nada mal.

Creo que la gente creativa tiene la necesidad de juntarse entre sí, de generar entre ellos un vínculo donde la creación cobra mucha importancia. No es raro que, entre creativos, surjan nuevas ideas y proyectos. Quizá muchos de esos proyectos no se lleven a cabo, pero, en ocasiones, la creatividad supera a la falta de tiempo y a las obligaciones para dar como resultado proyectos geniales.

Este es el caso de Javier Alegre, de A-Land Studios y antiguo compañero de la universidad, y Lara Morello, cantante mostoleña a la que llevo siguiendo desde 2012. Juntos, y con la colaboración de mi blog de música, Indielocura, han sacado un vídeo de lo más especial, donde se mezcla el cine con la música en directo. Un vídeo espontáneo, natural y muy bonito que quiero que veas.

Rodéate de gente creativa. Métete en proyectos nuevos. Como diría mi amiga Julia, cree en lo imposible y créalo.