02 febrero 2018

Mes de escritura: Día 15: Luz


Luz

Estaba oscuro. Tim trató de tantear el terreno con las manos a su alrededor, pero no se topó con nada. El suelo era irregular, duro. Se agachó y lo palpó con las manos. Era piedra, una piedra rugosa y fría, muy dura y sólida. Ayudándose con las manos para no perder el equilibrio, Tim anduvo hacia adelante en esa profunda oscuridad. No supo cuánto tiempo estuvo avanzando medio a gatas, pero cuando ya no podía más del agotamiento, se dejó caer sobre el duro suelo, boca arriba. La posición era incómoda, la piedra del suelo se le clavaba en la piel, pero no podía dar un paso más. Cerró los ojos. Cuando los abrió, le pareció ver un punto de luz, arriba del todo. Una pequeña abertura en el techo de esa extraña e inmensa cueva, quizá. O tal vez la entrada al mundo de los muertos. Inalcanzable.

01 febrero 2018

Mes de escritura: Día 14: Huevo


Huevo

Carmen, bióloga y animalista, trabajaba como investigadora para Comisión de Supervivencia de Especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Su trabajo se centraba principalmente en la elaboración de recursos internacionales para la protección de animales en peligro, así como el análisis de la fauna internacional. Por eso, no fue extraño que llegara a sus manos ese gran huevo que estaba protegiendo. Era un huevo grande y pesado, oscuro y bastante duro. Se desconocía de qué ave podía ser. No se identificaba de qué animal era. Así que le encargaron a Carmen que lo incubara y cuidara.
El huevo estaba en la incubadora de la clínica veterinaria. De pronto, empezó a moverse, balanceándose un poco. Carmen, que estaba trabajando en esa misma sala por casualidad, se acercó a la incubadora para mirar cómo nacía el animal. Estaba emocionada, preguntándose qué animal sería. El huevo parecía del tamaño del de una avestruz, pero por el color no podía serlo. Carmen pensaba que se trataría de un emú, un animal de Australia cuyos huevos son de color verde y de un gran tamaño. Pero este no era verde, tiraba al azul oscuro o al negro.
Emocionada, Carmen vio cómo el huevo se empezaba a fracturar, mientras la pequeña criatura que había en el interior hacía esfuerzos para salir. No tardó en romper el huevo por completo. Y ahí estaba. Delante de las narices de Carmen. Una especie totalmente extinta.
Un dragón.

31 enero 2018

Mes de escritura: Día 13: Comida


Comida

Pongo sólo veía comida en ese bebé. Para él, el pequeño Timmy no era un bebé. No era el hijo recién nacido de Roger y Anita. Para Pongo, el bebé era comida, y por eso, aprovechando el momento en el que Roger y Anita se iban a cenar, dejando al bebé al cuidado de Nanny, decidió darse el gusto de probar ese manjar. Y, de paso, aprovechó para probar la vieja pero jugosa piel de Nanny. Menudo festín. El bebé era comida mucho más rica, sin duda, más dulce y tierna, pero con la niñera pudo comer hasta hartarse. Lo dejó todo perdido, con sangre y vísceras por todas partes. Después de esa comilona, Pongo se tumbó para echarse una buena siesta.
Cuando llegaron Roger y Anita, se enfadaron mucho con Pongo. Debía ser que la comida era para ellos.

30 enero 2018

Mes de escritura: Día 12: Escritorio


Escritorio

Lena se acercó a la pizarra y con el borrador se dispuso a borrar lo último que había escrito en esa tarde. Ya se había ido el último de los alumnos y la clase estaba vacía y triste. Así es como le parecía siempre la clase cuando no había niños dentro: vacía y triste. Vacía y triste, como estaba dejando la pizarra en ese momento, sin ningún dibujo, sin ninguna frase, sin ninguna palabra. Vacía y triste, como veía su vida desde que se fue Alberto. Ya habían pasado siete meses desde la ruptura. Siete meses en los que Lena no había sido capaz de pasar página. Siete meses en los que se había sentido vacía y triste.
Miró el escritorio principal, el del profesor, donde ella nunca se apoyaba, en el que jamás corregía, que siempre mantenía intacto, vacío y triste. Se trataba de una mesa grande, de color verde claro. Era lisa y suave y no tenía ninguna marca, no como ocurría con las mesas de los alumnos, donde ellos dejaban sus firmas, sus señas de identidad. No en la mesa del profesor. Era una mesa seria, un escritorio al que Lena no daba uso. En el que no escribía. Un escritorio que no cumplía su función. Como Lena con su vida, pensaba ella.
Cogió su bolso del suelo, situado al lado de la silla del profesor, y salió de la clase después de echar una última y triste mirada al interior. Se iba de ese colegio para siempre. Se iba de esa ciudad. Finalmente, volvía a Alemania, vacía y triste.

29 enero 2018

Mes de escritura: Día 11: Ceniza


Ceniza

Laura cogió la única foto que tenía impresa en la que salía con Pablo. Ambos salían sonrientes, abrazados, mirando al objetivo. La habían hecho en uno de los viajes que hicieron a los Pirineos, el verano pasado. Cuando todavía estaban juntos. Cuando aún se querían. Pero ya no. Ahora Laura odiaba a Pablo con todo su ser. ¿Cómo había sido capaz de pasar cuatro años de su vida con él? ¿Cómo había sido tan inocente y estúpida?
Cuando se enteró de que Pablo no sólo le estaba poniendo los cuernos con una rubia diez años menor que él, sino que había estado saltando de mujer en mujer sin que Laura se enterase, y que lo había hecho desde que empezaron su relación, se prometió a sí misma que nunca más le querría. Ella cortó con él, hecha una furia, y le abandonó para siempre. 
Dos meses después, Laura decidió deshacerse de todo lo que podía recordarle al cabrón de Pablo. Al hijoputa de Pablo. Así que, después de haber tirado todos los recuerdos que tenía de él (las postales, las cartas, las entradas de cine que ella siempre guardaba, los detalles que él le había regalado a ella en su cumpleaños durante los últimos cuatro años), era el turno de acabar con la única foto que tenía con él. Las que guardaba en una carpeta del ordenador ya habían sido borradas, así como había acabado con su perfil en las redes sociales. Ya sólo quedaba una foto.
Acercó el mechero a una esquina de la foto encima del lavabo de su cuarto de baño y lo encendió. La llama se extendió con velocidad por toda la foto, hasta que Laura la dejó caer para no quemarse. Y ahí, en el fregadero de su cuarto de baño, vio cómo las figuras de ella misma y de Pablo, el hombre al que había amado durante cuatro años, se convirtieron en ceniza.

28 enero 2018

Mes de escritura: Día 10: Flores


Flores

«Feliz cumpleaños», indicaba la tarjeta que acompañaba a las flores que acababa de recibir María. Nada más. Ni una firma, ni un nombre, ni siquiera la inicial de un nombre. El texto, además, estaba impreso. Podía haber sido cualquiera quien las enviaba. ¿Quién podría haber sido? María no recibía flores por su cumpleaños. Ni siquiera le gustaba que la gente supiera cuándo era su cumpleaños, y apagaba el móvil para no recibir llamadas con deshonestas felicitaciones de sus compañeros de trabajo o de familiares lejanos.
Pero ahí estaba ella, con un enorme ramo de rosas. Rosas azules, además. De locos.
María no tenía pareja, amantes, ni nada parecido. Por tener, no tenía ni amigos. Ni amigas. María era un ser solitario y estaba encantada con su soledad. No soportaba a la gente. ¿Quién demonios le había mandado unas flores en su cumpleaños? No podía ser nadie de su trabajo, se dijo a sí misma. Ella trabajaba como programadora informática en una empresa de seguridad en Internet y básicamente lo hacía todo desde casa. Iba a la oficina una o dos veces a la semana y las reuniones que tenía eran sólo con Jose, su jefe, y Marcos, su compañero. Ninguno de los dos eran personas que mandaran flores. Y la relación con ellos, a pesar de ser formal, era fría y distante. Porque así era María. 
Ningún familiar podía tampoco haberle mandado las flores, porque nadie sabía dónde vivía. De hecho, no había llevado nunca a nadie a su casa, y nunca había dado su dirección a nadie, excepto al comprar por Internet.
No era posible, pero era cierto: alguien le había mandado un jodido ramo de rosas azules, sus favoritas, por su cumpleaños.
María se acostó esa noche a las once y media, extrañada y sin dejar de dar vueltas en su cabeza preguntándose quién podría haberle mandado esas flores, que había puesto en un jarrón cerca de su cama. A las tres y media de la mañana, se levantó sonámbula y se sentó frente a su ordenador, que no había usado en todo el día. Al sacar el ordenador del estado de suspensión, apareció en la pantalla la web de una empresa de envío de flores a domicilio. Cerró la pestaña, suspendió el ordenador y se volvió a la cama.

27 enero 2018

Mes de escritura: Día 9: Mascota


Mascota

A Tim no le gustaba la idea de tener una mascota, pero suponía que era parte del trato y no iba a abandonarlo todo solamente por tener que vivir con un animal de compañía. Además, Victoria no había especificado qué mascota tendrían, así que tal vez Tim podría elegir. Y, desde luego, no elegiría un perro. Porque Tim tenía muchísimo miedo de los perros. Aunque también era cierto que los gatos, especialmente los negros, le daban mala espina. Era un poco supersticioso.Tenía que pensar en una mascota que no diera demasiado trabajo y, sobre todo, que no oliera mal. Quizá una piedra. Una piedra podía ser la mascota que mejor les viniera. Con una piedra como mascota, Tim estaría cumpliendo su trato y podría casarse, por fin, con su amada Victoria. Y formarían, después de tanto tiempo, una familia. Una familia feliz, los tres: Tim, Victoria y la piedra.

26 enero 2018

Mes de escritura: Día 8: Fuego


Fuego

Túreie miró por la ventana. A lo lejos, en el Nuevo Bosque, el fuego lo estaba arrasando todo. Ella podía estar tranquila, las viviendas de los elfos estaban protegidas del fuego mediante diversos hechizos. Sin embargo, no podía evitar sentir un gran dolor por la pérdida de todos esos árboles y de todos esos animales que estaban siendo masacrados por las llamas. Debía convocar al Cónclave al amanecer. Aún no había salido el sol, las estrellas iluminaban el cielo con las Dos Lunas. Parecía que ellas también lloraban por ese horrible incendio.
¿Quién lo habría provocado? Porque tenía que ser un incendio provocado. O un accidente. Pero no era algo natural. No había habido tormentas eléctricas desde hacía dos siembras. Tendrían que encontrar al culpable.
La dama elfa se dirigió de nuevo al interior de su habitación y llamó a su compañera de confianza.
-Helda, despierta a los nénion, necesitamos acabar con este incendio.
-Sí, mi señora -respondió la joven, antes de salir danzando hacia el Árbol del Agua.
Volviéndose hacia la ventana de nuevo, Túreie susurró hacia los cielos:
-Karenén nuhtanár aira.
Ojalá los dioses escucharan su ruego. Ojalá el agua acabara con ese fuego rojo.
Túreie decidió que no podía quedarse ahí sin hacer nada. Era la dama de los elfos, le habían dado el mando y ella tenía la responsabilidad y el deber de proteger esos bosques. Se enfundó en su manto de natse y bajó hasta el suelo por el gran tronco de su árbol.
-Kanwa! -gritó, para llamar la atención a todos los elfos del reino-. Las llamas están arrasando el Nuevo Bosque. Tenemos que acabar con ese incendio enseguida. Ayudemos todos a los nénion a trasladar el agua hasta las lenguas de fuego. Larka, linta!
Todos los elfos del reino se unieron a la dama Túreie y a los elfos del agua para acabar con ese incendio que unos seres llamados hombres habían provocado en el Nuevo Bosque.

25 enero 2018

Mes de escritura: Día 7: Ciudad


Ciudad

Rob salió del estado de suspensión a las ocho en punto de la mañana. Se desenchufó y miró a su alrededor para hacer un escaneo de la situación. Todo parecía en orden. Una mañana normal. Los niveles de batería estaban a tope, el sensor de iluminación le indicaba que iba a ser un día nublado. Hizo una revisión rápida de los sitios web de noticias que tenía guardados revisando las palabras clave asignadas. No había ninguna novedad en base a la que tuviera que cambiar su rutina de trabajo. Hecho esto, salió a la ciudad.
La ciudad no era como las de ahora. En el pasado, las ciudades eran diferentes. En la época de Rob, Madrid tenía incontables rascacielos y la gente y los robots usaban los mismos medios para transportarse. Unas cabinas que llamaban coches, ya antiguas, habían quedado relegadas a la gente de poco nivel económico. La clase media viajaba en los hyperloops, un entramado de cápsulas que viajaban a toda velocidad en túneles de acero bajo tierra. Antiguamente eso se había conocido como metro o tren. Quedan algunas fotos de esas cosas. En la época de Rob los trenes no tenían ya ruedas. Eran mucho más rápidos los hyperloops de aire comprimido por el vacío. Los más adinerados volaban sobre la ciudad en aerocabs.
El Madrid de entonces había usado lo que antes se llamaban carreteras para seguir construyendo edificios. Edificios de viviendas, edificios de oficinas, edificios de almacenes... Todo eran edificios. De todos los tamaños, aunque cuanto más grandes, mejor. Y siempre con materiales duros y fuertes, piedras y hierros, vidrios y aceros. Todo Madrid estaba plagado de edificios, excepto el parque del Retiro, donde dejaban un pequeño pulmón de vegetación donde los humanos disfrutaban.
A Rob le gustaba El Retiro, aunque no fuera un humano. Rob era un droide bastante rarito. Se le había cortocircuitado algo, seguro.
Madrid ahora ya no es como antes. Después de la devastación, los pocos ciudadanos que quedan, ya sólo humanos, viven sobre los escombros de la ciudad que habitó Rob. Madrid ahora es un bosque y en él se vive en casas formadas sobre los árboles, se viaja a pie o en canoa de madera por el viejo río, el Manzanares, que nunca dejó de fluir. Ahora la ciudad está viva y Madrid seguirá siendo siempre Madrid.

24 enero 2018

Mes de escritura: Día 6: Diario


Diario

El interior del bosque estaba completamente oscuro y con el pequeño candelabro Rick no era capaz de ver poco más que sus pies mientras sorteaba hojas, raíces y piedras. Sin embargo, algo en su interior, una especie de instinto, le decía que estaba siguiendo bien el camino. Anduvo durante unos veinte o veinticinco minutos sin detenerse, dando un rodeo un par de veces donde el camino entre los árboles era impracticable. Finalmente, ahí, a lo lejos, vio la pequeña casa de madera que estaba buscando.
Sin saber por qué, corrió hasta la puerta, y se detuvo frente a ella. La casa estaba casi en ruinas, la madera parecía podrida y desprendía un olor nauseabundo muy húmedo. La puerta, sin embargo, estaba firmemente cerrada. Con una fuerte patada pudo romper el picaporte y acceder a la casa.
El interior estaba oscuro, pero con el candelabro pudo ver mucho mejor que entre los árboles. Había una mesa llena de papeles y libros a la derecha, y en ella descubrió una vela. Rick aprovechó para encenderla con la llama del candelabro, y con dos puntos de luz el interior de la casa se mostró más cálido ante él.
Una pequeña cama, situada en una esquina, estaba llena de suciedad y excrementos de animales. Multitud de moscas y otros bichos parecían haberse adueñado de ella. Rick se separó, asustado, y se golpeó con la mesa, que estaba a su espalda. Tras deshacerse de una gran telaraña que había sobre ella, buscó entre los papeles y los libros, hasta que dio con una pequeña libreta de cuero negro. Lo hojeó para comprobar qué era.
Se trataba de un viejo diario, escrito con letra muy ornamentada. ¿De quién podría ser? ¿Serían ciertas las leyendas que se contaban de aquella pequeña casa de madera? Sin duda, parecía que alguien había estado viviendo ahí, aunque daba la impresión de que había pasado ya mucho tiempo de eso. ¿Sería verdad que vivía ahí una joven imposiblemente hermosa que se alimentaba del cuerpo de los viajeros que cruzaban el bosque después de seducirles? Rick, en realidad, no creía que alguien que escribiera un diario pudiera darse al canibalismo.
Salió de la casa con sigilo y anduvo el camino de vuelta, haciendo lo posible por no perderse. En cuanto llegó a su mansión, se sentó ante la chimenea del salón y, con mucho entusiasmo, comenzó a leer el viejo diario.