09 junio 2017

Mar adentro

Un barco se hunde reflejando el fracaso de un capitán triste.
Me duele la cabeza
de tanto pensar
en dejar de pensar.
Soy un capitán navegando por las
rebeldes
aguas de la depresión.
Subir, bajar,
marearse.
No hay comida en el almacén.
No hay hambre en el mar.
Estoy bien pero estoy mal,
sólo me duele un poco la cabeza,
no me acostumbro al constante
pero irrepetible
movimiento del barco.
Desorden alimenticio.
No hay hora para dormir porque no puedo
dormir.
Estoy cansado, muy cansado, siempre
cansado.
Siempre pirata, con la botella.
Siempre bebiendo, soñando con sirenas.
Las sirenas de una ambulancia,
“murió en el acto”
al caer desde el noveno piso.
Nunca vivió en un noveno piso,
siempre vivió en el camarote del segundo.
Saltar es diferente en el mar que en tierra.
En el mar las sirenas te salvan,
en tierra las sirenas te recogen
para llevarte muerto al hospital.
Te queman y entierran tus cenizas.
En el mar eres pasto de los peces,
como si los peces pastaran,
como si la muerte fuera buena
porque es buena
porque la deseas a veces
pero no quieres desearla.
Morir no acaba con el dolor,
sólo lo traspasa de una persona a otra.
Y tú no quieres que tu tripulación sufra tu ausencia.
No quieres ser comida, todavía.
Me duele la cabeza
y el barco se está hundiendo.
Los cadáveres flotan,
podría ser tan fácil como eso.
Ya no quedan piratas:
sólo queda la calavera.

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