20 noviembre 2014

Café de noche


-Un café, por favor.
-¿Cómo lo quieres? -me pregunta el camarero.
-Solo -respondo-. Así no soy el único que llora soledad esta noche.
El bar está vacío, o casi. Hay una rubia sentada al otro lado de la barra, pero no la miro: me da miedo. Las rubias son demasiado malas, tienen maldad en las venas.
El camarero me sirve el café. Doy un sorbo y me quemo la lengua y los labios y es como un castigo merecido. Por estar ahí, en un café/bar a las 11 de la noche de un martes. Solo.
Entra una morena. Las morenas no están mal, aunque no llegan al nivel de las pelirrojas. Por esta noche me valdrá como compañera de penas. Se sienta cerca de mí en la barra, pide un gintonic.
La miro, me mira. Ya hay conexión.
-¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? -pregunto.
Me mira, sonríe. Es mayor que yo. Demasiado.
-¿No eres un poco joven para escuchar a Burning? -dice.
-Soy demasiado mayor para escuchar a Justin Bieber -respondo.
Doy otro sorbo a mi café. Ella me está mirando, curiosa.
-¿Qué hace un chico como tú? -pregunta.
-Contar. Contarte su historia. Si quieres.
-Tengo mucha noche por delante. Por cierto, soy Lucía.
-Yo hace tiempo que perdí mi nombre en una historia de amor -dije. Y empecé a hablarle de ti.

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